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Palacio de los Zapata (Llerena), sede de la Inquisición F. LAVADO
Pleito criminal por injurias contra un familiar de la Santa Inquisición. La Zarza, 1759 (I)

Pleito criminal por injurias contra un familiar de la Santa Inquisición. La Zarza, 1759 (I)

Esteban Ordaz y Alonso Durán denunciaron a Francisco Rodríguez Tejar, familiar del Santo Oficio por publicar escritos injuriosos contra ellos y herir a Juan Alonso Paredes

FABIÁN LAVADO RODRÍGUEZ, Cronista Oficial de La Zarza

Miércoles, 10 de abril 2024, 17:09

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El 'familiar' de la Inquisición, cargo de menor nivel dentro de la institución, era un vecino laico nombrado por los inquisidores de distrito, cuya función consistía en informar y denunciar todo lo que ocurría en la sociedad y fuera de interés para el Santo Oficio, a la vez que perseguían y detenían a los presuntos herejes. No tenían sueldo, pero era un cargo muy cotizado por motivos de honor y prestigio social, ya que suponía un reconocimiento público de limpieza de sangre y llevaba aparejado ciertos privilegios, como el beneficio económico por las delaciones y el derecho a portar armas.

El Tribunal de la Inquisición española fue una institución implantada por los Reyes Católicos en 1478 para mantener la ortodoxia católica en sus reinos. En 1508, una de sus sedes se estableció en Llerena gracias a la influencia del licenciado Luis Zapata de Chaves, consejero de los RR.CC., cuyo palacio fue sede del tribunal hasta su abolición en 1834. Abarcaba los obispados de Badajoz, Plasencia, Coria, Ciudad Rodrigo, los maestrazgos de Santiago y Alcántara y la provincia de León.

Pleito contra Francisco Rodríguez Tejar

En noviembre de 1759, Esteban Ordaz Reyero, alcalde ordinario por el estado noble en dicho año, y Alonso Durán de Paredes, vecinos de la villa de La Zarza, interpusieron un pleito criminal contra Francisco Rodríguez Tejar, Familiar del Santo Oficio de la Inquisición de Llerena en La Zarza, imputándole la difusión de escritos o libelos infamatorios y humillantes contra ellos, repartidos por diferentes lugares de la villa, y por haber herido a Juan Alonso Paredes, sobrino de Esteban Ordaz.

De esta forma, Esteban Ordaz y Alonso Durán acudieron a la Sala del Crimen de la Real Chancillería de Granada (institución controlada directamente por la Corona, era la máxima instancia judicial y gubernativa al sur del río Tajo –al norte se situaba la de Valladolid-, cuyo cometido principal radicaba en resolver las apelaciones de las sentencias dictadas por los jueces ordinarios) presentando hasta siete libelos infamatorios, divulgados entre fines de 1758 y principios de 1759, en los cuales se les trataba de judíos, al igual que a Juan Alonso Paredes, y se les amenazaba de muerte, como también a Pedro Campos de Orellana, expresando que los autores fueron los principales caballeros de La Zarza. Mostrados los libelos y motivos que pudieron tener para «esparcirlos», solicitaron una Real Provisión, acometida por Luis Romero, receptor de aquella chancillería como escribano comisionado por el tribunal para recibir las pruebas de los actos judiciales, para que justificase lo contenido en la querella y, en fecha, lo remitiese a la Sala del Tribunal de los alcaldes del crimen para que el juez resolviese. La sumaria -conjunto de actuaciones encaminadas a preparar el juicio criminal- comenzó el 7 de diciembre de 1759, examinando a 11 testigos, vecinos de La Zarza.

Declaración de los tres primeros testigos

El primero fue Juan Alonso Paredes, clérigo de menores, hijo de Juan Alonso Matheo. Manifestó que sirviendo a Antonio Fernández Cancio, antiguo cura de la parroquia de San Martín, fue a su casa Sebastián Cabañas, regidor de La Zarza, en diciembre de 1758, indicándole que llevase a su morada una baraja para jugar un rentoy (juego que se juega por parejas con la baraja española de cuarenta cartas, repartiéndose tres cartas a cada jugador, y en que el valor máximo corresponde al dos) junto a Agustín Pérez de Llanos y Juan Cornelio. La mujer de Sebastián sacó dos vasos de aguardiente, observando el testigo que le daban siempre de beber con el mismo vaso, suscitándose cierta disputa entre Sebastián y el declarante. La esposa defendió a su marido diciéndole que para qué jugaba con tal sujeto, a lo que respondió el testigo que bien conocía a su marido y se «ensuciaba en sus orejas». En el momento que Sebastián echaba a Juan Alonso, entraron el vecino Joseph Benítez y Juana Sansón, también criada del cura, y se lo llevaron a su casa. Al día siguiente, Esteban Ordaz, tío del declarante, pasó por casa de Juan Alonso Matheo, padre del testigo, para recriminarle que no tenía honra si no se avergonzaba del modo con que habían tratado a su hijo.

Título de Familiar de la Inquisición, 1588
Título de Familiar de la Inquisición, 1588 BIBLIOTECA SEFARAD

A los pocos días, coincidiendo con la difusión del primer libelo, el presbítero Juan Barrero Cabañas fue a buscar al testigo a casa de su amo el cura, expresándole en presencia de Juana Sansón e Inés González de Castro, mujer de Francisco Rodríguez, que se acordaría de él por las palabras que había dicho a su hermano Sebastián. Días más tarde, nueva partida en casa del cura entre los jugadores Juan Cabañas, Juan de Buenavida, Juan Matheo Durán y Francisco de las Quentas. Habiendo tomado bastante vino Juan Cabañas, le dijo el cura que se fuera a su casa «a enfriar», a lo que respondió que el cura era más borracho que él, suspendiéndose el juego.

Tras el desencuentro entre Quentas y Alonso Durán sobre si los ganados de Pedro Campos se comían las sementeras, apareció un segundo pasquín, en el que además de las infamias que se vertían, se expresaba que sus autores eran los «principales del pueblo», y al poco un tercero fijado en las puertas de la Audiencia, infamando esta vez a Pedro Campos por ciertas palabras que tuvo con el presbítero Fernando Milanés sobre una cacería, estando presente Serbán López. Este libelo lo quitó de las puertas de la Audiencia Juan Cortés Espinosa, que por medio de Juan Ximénez llegó a manos del alcalde Esteban Ordaz. Otro nuevo panfleto volvía a injuriar a las mismas personas.

Posteriormente, tras una visita vespertina del testigo con su amo, el cura, a casa de Pedro Campos, y una vez anochecido, salió Juan Alonso en busca del cura, que se había anticipado para su casa. En el camino tuvo necesidad de orinar, entrando en una calleja cerca del corral de la casa de Sebastián Cabañas, de donde salió un hombre por un portillo de la cerca, que alzando una espada le asestó un golpe en la cabeza que lo dejó atolondrado, y procurando impedir otro golpe con el brazo izquierdo, recibió dos cuchilladas en la muñeca. Al revuelo acudió María Rodríguez, mujer de Juan Matheos, desapareciendo el agresor por el mismo portillo, pese a lo cual fue reconocido por el testigo por su estatura y modo de manejarse. Se trataba de Francisco Rodríguez Tejar Cabañas, familiar del Santo Oficio, primo hermano de Sebastián Cabañas. María Rodríguez y Juana Sansón llevaron al herido a casa del cura Fernández Cancio, y de allí a la de Pedro Campos, en donde lo curó Serbán López, maestro barbero.

Mientras sanaba de sus heridas, trató de averiguar si el familiar era o no el culpable, llegando a saber que la misma noche que le hirió el familiar, éste se refugió en la casa de Juan Rodríguez de Zama y su mujer Isabel Reyes, suplicando lo escondiesen en el pajar porque había herido al testigo, inducido por otras personas. A los ocho o nueve días publicaron otro libelo en el que, dándose por enterados de las heridas, le amenazaban con cortarle la cara, infamando a las mismas personas que los anteriores y a sus familias con un rótulo que decía «Villete para los judíos de La Zarza». Y después pregonaron uno más con mil infamias.

El receptor mostró a Juan Alonso los seis libelos originales, reconociendo ser los mismos que había leído anteriormente muchas veces y que, aunque no conocía sus letras ni rúbricas, creía que los autores eran los hermanos Sebastián y Juan Cabañas, Francisco de las Quentas, Fernando Milanés, presbítero; Lucas Matheos Milanés, escribano del Ayuntamiento; Christóbal Romero y Francisco Rodríguez Tejar, ya que todos ellos, como era público y notorio, habían declarado su odio y enemistad al testigo, sus padres, tíos y sus respectivas familias por los sucesos expuestos en la declaración, y también porque entre ellos había cargos municipales de 1758 que defraudaron una cantidad considerable de maravedíes al fisco real, pero Esteban Ordaz se los hizo pagar como alcalde que era entonces por el estado noble. También el testigo oyó decir a Cathalina Barroso y al boticario Francisco Calahorrano que habían visto a los expresados autores de los «papeles» apedrear las puertas de Esteban Ordaz. Por último, el receptor reconoció el brazo izquierdo al declarante y dio fe de haberle visto dos cicatrices en la parte superior de la muñeca.

Prisión de la Inquisición
Prisión de la Inquisición M. V. DE FÉRÉAL, 1845

El segundo testigo, Juan Rodríguez Zama, contestó que había recogido al familiar en su casa, escondiéndolo en el pajar, añadiendo que el acusado les dijo a él y a su mujer que guardasen el secreto, que había herido aquella noche a Juan Alonso, y que, habiéndole estado aguardando dos o tres noches antes, él mismo, Francisco de las Quentas, Fernando Milanés, Lucas Matheos Milanés, Christóbal Romero, Martín Gómez «el carpintero» y Sebastián Cabañas lo vieron aquella noche, determinando entre todos que fuese sólo el familiar el que atacase a Juan Alonso. Conocidas estas noticias, al día siguiente lo echó de su casa, yéndose muy enfadado. También declaró que los autores de los libelos infamatorios eran los mismos que estaban reunidos con el familiar, por las razones que insinuó en su declaración el primer testigo.

La tercera declarante, Isabel Reyes, mujer de Juan Rodríguez Zama, repitió todo lo declarado por su marido en cuanto a las heridas, ocultación del familiar y autoría de los escritos, añadiendo que por culpa de ellos las familias de que hablaban habían recibido mucho deshonor, siendo todas muy honradas.

Declaración de los tres testigos siguientes

El cuarto, Juan de Buenavida, escribano de la villa, respaldó lo dicho por el primer testigo en cuanto al juego del rentoy en casa del cura y la disputa de éste con Juan Barrero Cabañas. Expuso que había visto muchas veces los libelos por haberle llamado Esteban Ordaz, dado su oficio de escribano, por si reconocía sus letras y rúbricas, manifestando que los cinco primeros se habían escrito por mano de Sebastián Rodríguez Cabañas, procurado desfigurar su letra, y que el otro lo habría escrito Francisco de las Quentas, por lo parecido a la forma de letra y rúbrica de éste. Opinó, igualmente, que sus autores serían los mismos que expresaban los testigos antecedentes y por los mismos motivos.

El quinto testigo, Francisco Giménez Carrasco, declaró que los sujetos mencionados en la declaración antecedente traían revuelto al pueblo, ideando medios para desamparar a todas las personas y familias con quienes tenían enemistad. Narró como apuñalaron a un sobrino suyo por el mero hecho de estar sirviendo en casa de Pedro Campos. Dijo que era público en La Zarza que los autores de los libelos infamatorios son los mismos que quedan expresados. Contó que había oído el episodio de las heridas a Juan Rodríguez Zama e Isabel de los Reyes, añadiendo que en el lance del juego en casa de Sebastián Cabañas, echaban sal en el vaso de aguardiente de Juan Alonso, estando a punto de perder la vida, según le contó Juan Cornelio, presente en la partida.

Rodrigo de Fuentes fue el sexto testigo. Declaró que había tenido amistad durante nueve meses con los sujetos mencionados, constándole, por haber coincidido con ellos, que tenían reuniones en diferentes casas para que no se enterase la gente del pueblo. En una de ellas, en casa de Juan Cortés Cabañas, trataron la forma de perjudicar a todos los que tenían amistad con Pedro Campos, como los infamados en los libelos. Planearon poner pleitos a Pedro Campos, uno porque, según ellos, no pagaba las contribuciones reales a proporción de sus caudales, y otro sobre la dehesa y novillero que tenía, a causa de haberlo comprado por menos del justo precio. De este modo, sabiendo que Pedro Campos estaba mal de salud, con el sofoco de los pleitos se moriría, quedando ellos por dueños absolutos de La Zarza. Al testigo le prometieron ayuda en todo lo necesario si salía adelante el plan. Y en efecto, pusieron un pleito contra Pedro Campos ante el Gobernador de Mérida sobre el repartimiento de sus contribuciones reales, en cuyas actuaciones judiciales declaró el testigo junto a los otros, capitaneados por Juan Cortés Cabañas como cabeza de la banda.

Dijo que cinco de los pasquines fueron escritos por Sebastián Cabañas, dada la similitud de muchas letras con la suya, y que el otro, a su entender, fue obra de Juan Barrero Cabañas. Por lo tanto, sus autores son los mismos que hacían las juntas, según los motivos que ya ha expresado. Declaró de oídas sobre el ataque del familiar a Juan Alonso, «vox populi» en la villa, y finalizó diciendo que Juan Antonio Fernández Cancio, cura de La Zarza, se fue a vivir fuera de ella por temer no le sucediese lo mismo que a su criado.

El séptimo fue Serbán López, cirujano que curó al herido. Reveló que estando en casa de Pedro Campos, enfermo por entonces, tuvo éste un altercado con Francisco de las Quentas y Fernando Milanés de Llanos con motivo de una cacería, habiéndose perdido el respeto. Confesó que curó a Juan Alonso las dos heridas en la muñeca de la mano izquierda. Contestó de oídas tener noticia de los libelos infamatorios, del altercado en el juego de naipes con Juan Alonso y del perjuicio que le pudo haber ocasionado el aguardiente con sal. Estaba convencido que los libelos eran obra de los ya referidos, bajo el puño y letra de Sebastián Rodríguez Cabañas y Juan Cortés Barrero Cabañas. También de oídas escuchó que el familiar hirió a Juan Alonso y que se refugió en casa de Juan Rodríguez Zama.

Igualmente, que el cura Antonio Fernández Cancio se fue a vivir fuera del pueblo por temor a que le sucediese algún mal, viendo sus depravadas intenciones desde hace año y medio. Y que Lucas Matheos Milanés, para ocultar sus malos procedimientos, se fue a vivir a Alange, pero no por ello dejaba de venir a La Zarza, normalmente de noche, para intrigar en todo cuanto podía con sus socios.

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