Borrar
Actual retablo de la capilla de la Epístola FABIÁN LAVADO
Historia de un 'cambiazo': el retablo de la capilla de la epístola de la iglesia de San Martín

Historia de un 'cambiazo': el retablo de la capilla de la epístola de la iglesia de San Martín

El informe realizado en 1791 por el párroco y el administrador de la Encomienda de Alange describe las necesidades de la iglesia de la que D. Pedro Campos de Orellana se llevó el retablo al oratorio de su vivienda

FABIÁN LAVADO RODRÍGUEZ

Jueves, 6 de octubre 2022, 19:09

La iglesia de San Martín cuenta en la actualidad con cinco retablos que se construyeron en el siglo XVIII: uno en el altar mayor, presidido por la figura de San Martín, patrón de La Zarza; dos en el lado del Evangelio y otros dos en el de la Epístola. Todos están dorados (uno de ellos repintado y jaspeado), excepto el que se encuentra en la capilla de la Epístola, con la carpintería 'a lo blanco', denominado así por estar sin dorar ni policromar.

Anteriormente, siguiendo la información aportada por las Visitas de la Orden de Santiago, en la capilla de la Epístola se situaron los siguientes altares y esculturas: en la Visita de 1556, realizada el 23 de octubre, los visitadores anotaron que «en las capillas colaterales hay dos altares, en la de la izquierda (capilla de la Epístola) está una imagen de bulto, no habiendo otros retablos en ellas», y en la Visita de 23 de enero de 1605 nos informan que «fuera del arco toral hay una capilla en el lado del Evangelio de la advocación de la Cruz; en el lado de la Epístola, enfrente de la anterior, está otra capilla de la misma manera con un arco de piedra labrada de moldura de medias cañas, crucería de piedra y bóveda de ladrillo, de la advocación de Nuestra Señora del Rosario en la cual está una imagen de cuerpo de la Concepción de Nuestra Señora, que la dio de limosna Benito Sánchez Moreno, ya difunto».

El retablo actual tiene un solo cuerpo de tres calles sobre banco separadas por columnas salomónicas, rematado por cuatro pináculos. En la hornacina central destaca la figura de Jesús Nazareno, escoltado a derecha e izquierda por las imágenes de Santa Teresa de Jesús y Santa Lucía. El retablo da la sensación de estar inacabado, faltando, por ejemplo, la coronación superior y el dorado de su carpintería. Por lo tanto, surgen una serie de interrogantes: ¿Se realizó así intencionadamente?, ¿la fábrica de la iglesia se quedó sin fondos para su terminación?, ¿es anterior en el tiempo a los otros retablos? Nada de eso ocurrió, la historia es mucho más sencilla, tan simple como un 'cambiazo'.

EL JUZGADO DE IGLESIAS (1695-1836)

Según Berta García del Real, desde finales del siglo XVII muchas de las iglesias parroquiales enclavadas en los territorios de las Órdenes Militares, entre ellas la de Santiago a la que pertenecía La Zarza, se encontraban en una penosa situación, amenazando ruina, con grietas en sus muros, techumbres podridas por las goteras y retablos carcomidos por los xilófagos. A raíz de esto, muy pronto surgieron problemas entre los comendadores, la mesa maestral y los concejos sobre a quién le correspondía el mantenimiento de los edificios religiosos, sus ornamentos, libros y objetos de culto. Era tal la situación que el Consejo de Órdenes promovió de oficio medidas para su socorro y reparo, comenzando por la asignación de fondos económicos fijos para costear estos gastos.

Interior de la iglesia de San Martín FABIÁN LAVADO

Para enmendar esta tesitura se crea, en el seno del Consejo de Órdenes, el Juzgado de Iglesias, tras la aprobación por Carlos II de la Real Cédula de 22 de febrero de 1695, nombrando al cardenal Alonso de Aguilar como primer Juez Privativo Protector de las Iglesias. Se le otorgaban plenos poderes para administrar, cobrar y distribuir lo tocante a reparación y culto de los templos, proceder contra párrocos, comendadores y todas aquellas personas obligadas a contribuir a las iglesias, así como impartir justicia en estos temas. En definitiva, se le concedió todo el poder y autoridad para desempeñar dicho cargo. Esta institución fue la responsable de toda una serie de reparaciones en las iglesias y nuevas construcciones de templos, así como del arreglo de sus fachadas, retablos, órganos y objetos de culto.

Por Real Cédula de 18 de septiembre de 1740, se nombra a Miguel Verdes Montenegro como nuevo Juez Protector de Iglesias, lo que supuso la consolidación de esta institución, estableciendo otros métodos de trabajo y dictando nuevas normas para su mejor funcionamiento, vigentes hasta su desaparición en 1836. Estas nuevas disposiciones incidían en la concentración de toda la información necesaria para el funcionamiento del Juzgado, así como en la búsqueda, lo más completa posible, de las propiedades y rentas pertenecientes a cada iglesia, el estado de su fábrica y objetos de culto, por medio de detallados inventarios con el fin de contar con una información veraz y de rápido acceso sobre lo ejecutado en cada parroquia.

Por último, en 1757 creó un nuevo reglamento sobre la composición y funciones del Juzgado de Iglesias con los siguientes puestos: Juez Protector de las Iglesias de las Órdenes, Defensor de las Iglesias, Abogado, Escribano Relator, Tesorero, Contador y Oficial de Pleitos.

EL RETABLO DE LA CAPILLA DE LA EPÍSTOLA

El 15 de octubre de 1791, D. Diego Arias y Nogales, del hábito de Santiago y cura párroco de la iglesia de San Martín de La Zarza (había 4 sacerdotes, un ordenado de mayores y otro de menores), en carta dirigida a D. Juan Antonio Montero, escribano del Juzgado de Iglesias, da cuenta del estado de la parroquia zarceña y sus pertenencias, tras haberlo solicitado el Juez Protector de las Iglesias. El párroco, junto con el administrador de la Encomienda de Alange, D. Alonso Atanasio Pacheco, se dispusieron a reconocer la fábrica de la iglesia, sus alhajas u objetos de adorno o de uso realizados en algún metal noble, a veces decorado con perlas o piedras preciosas, y los ornamentos, compuestos por las vestiduras sagradas y los adornos del altar de seda o lino, para comprobar si todo estaba apto para el culto divino, sin indecencias ni necesidades, al igual que las capillas y los retablos que se encontraban bajo el patronato de algún fiel o cofradía.

Comprobaron que los reparos mandados efectuar en 1786 se ejecutaron perfectamente en el tejado y solado de la iglesia, que contaba con unos canceles fuertes y en buen estado (eran los armazones de madera o contrapuertas, generalmente de tres hojas, una de frente y dos laterales, ajustadas a las jambas de las puertas de entrada y cerrado todo por un techo para evitar las corrientes de aire y amortiguar los ruidos exteriores), así como los confesionarios y el 'bativoz' (sombrero del púlpito dispuesto para que el sonido repercuta y se oiga mejor).

Exterior de la iglesia de San Martín FABIÁN LAVADO

Sin embargo, en el momento del reconocimiento comprobaron que en el retejado efectuado cinco años antes se advertían deterioros que calaban la bóveda, causado por las piedras que arrojaban los muchachos al estar situada la iglesia fuera del pueblo, reparo se que reduciría al costo de un par de jornales y una fanega de cal. Igualmente, las dos ventanas de la capilla mayor estaban sin cristales ni rejas, así como las dos del coro alto sin puertas, cristales ni rejillas de alambre como tenían antes, por lo que sería indispensable que a aquéllas se les «pongan vidrieras en unos fuertes y decentes marcos, anteponiéndolas sus rejillas de alambre, y a las dos del coro sus puertas de madera por la parte de adentro», con lo que se evitaría la entrada de los pájaros y el fuerte viento que siempre hay en la iglesia, producto de su situación en lo alto de la población, sin edificios que la circunden, causando mucho gasto en velas y haciendo inútil el cometido de los canceles que por esta razón se mandaron fabricar.

También, por la falta de un almacén u 'oficina', se hallaban en la nave central las andas de las procesiones, los féretros y sus candeleros, las escaleras, los materiales de obra para sustituir las baldosas que se partían en las sepulturas, pues los cadáveres se seguían enterrando en el interior de la iglesia, y todos los demás utensilios de la parroquia, presentando un estado indecente y ocupando mucho espacio, que hacía falta, sobre todo, cuando toda la población concurría a distintos actos litúrgicos. Como solución plantearon que, junto a la iglesia, donde percibieron señales de haber estado antes, se construyera un local para recoger dichos utensilios.

Examinaron la capilla que se encontraba inmediata a la sacristía, la capilla de la Epístola, constatando que tenía su tejado dañado y abandonado, ya que en 1786 la dejó de reparar el administrador de la Encomienda, pues advirtió que dicha capilla lucía un escudo con todos sus blasones que colocó D. Pedro Campos de Orellana, vecino que fue de esta villa. Ese mismo año, el administrador, la Justicia y el anterior párroco comunicaron a los herederos de D. Pedro Campos que si querían mantener el patronato sobre la capilla, deberían repararla como se hizo en el resto de la iglesia. Los herederos se ofrecieron a ejecutarlo inmediatamente, pero hasta finales de 1791 nada se había realizado, hallándose en peores condiciones, su tejado estaba en un estado de completa dejadez, calándose su bóveda cuando llovía y pudriendo el retablo y los demás ornamentos de la capilla, sin esperanza alguna de que la reparasen. Ante esta situación, el cura y el administrador preguntaron en el pueblo por qué D. Pedro tenía el patronato de la capilla de la Epístola, siendo informado de que tanto la capilla del Evangelio como la de la Epístola pertenecían a la iglesia y que era tal la devoción que D. Pedro tenía a su imagen, se dedicó a cuidarla y asistir su altar. Aprovechando la visita de un vicario general a La Zarza, solicitó y consiguió que éste le concediese el patronato de la capilla con la condición de dotarla, repararla y asistirla de todo lo necesario a su costa. A tanto llegó que quitó el retablo de la capilla de la Epístola y lo trasladó al oratorio de su casa, mandando construir el que actualmente vemos, donde grabó sus armas, pero no lo doró, pues falleció al poco tiempo.

Sus herederos abandonaron el nuevo retablo, siendo el único que se encontraba desatendido e indecente en toda la iglesia, porque los demás, pertenecientes a distintas cofradías, se hallaban cuidados con el mayor esmero en su obra, imágenes, retablos, altares y vestuarios, excepto el altar mayor que estaba bajo la atención de la propia iglesia. Por lo tanto, si los familiares de D. Pedro querían conservar el patronato y sus escudos de armas, deberían retejar la capilla, dorar su retablo y proveer el altar de todo lo necesario.

Finalmente, pasaron a la sacristía para reconocer los ornamentos y alhajas. Los cajones donde se guardaba la indumentaria eclesiástica estaban en tan mal estado que no admitían arreglo alguno, entrando en ellos los ratones por todas partes, por lo que se deberían sustituir por otros nuevos. Se hizo inventario de las vestiduras sagradas de color blanco, negro, morado, verde y encarnado, así como de su estado y necesidades; de los libros, faltando dos manuales y un breviario, y de las alhajas de plata, debiendo reparar una ampolleta para el bautismo y comprar una conchita para bautizar, ya que se utilizaba una indecente taza de barro.

Una vez revisado todo, solicitaron al Juez Protector de las Iglesias que mandara tomar las cuentas de fábrica de la parroquia, y después de dejar al mayordomo lo suficiente para el gasto ordinario, el sobrante que resultase de las cuentas se invirtiera en los reparos y efectos que faltasen. Si fuera necesario aportar más dinero, los arreglos correrían a cargo de los diezmos de la Encomienda de Alange, cuyo comendador no pondría reparo alguno, según manifiesta su administrador.

El 18 de noviembre de 1791, el escribano del Juzgado de Iglesias, D. Juan Antonio Montero, remite al párroco de La Zarza lo acordado el día 12 por el Juez Protector, tras conocer este el estado de la parroquia zarceña. Ordenó que inmediatamente se proceda a la toma de cuentas y se exijan las deudas y alcances, y con el sobrante, dejando lo preciso para el gasto de la iglesia, se ejecuten todas las obras y arreglos anteriormente descritos. En cuanto al tema del retablo de la capilla de la Epístola, mandóse informe a los herederos de D. Pedro Campos de Orellana que en el preciso término de tres meses, que empezarán a contar desde el día de la notificación, reparen y ornamenten la citada capilla, así como el dorado y jaspeado del retablo, con apercibimiento de que pasado el tiempo sin haberlo cumplido, perderán el derecho de patronato y se quitarán sus escudos de armas. Si hubiese alguna persona que quisiera el patronato de la capilla, la cediesen con la obligación de restaurarla, adornarla y sostenerla con decencia, hipotecando bienes suficientes para tal responsabilidad. En caso de que no haya quien la quiera, la propia iglesia y el comendador de Alange se harán cargo de ella a costa de los fondos antes citados, sin causar perjuicio al templo.

REQUERIMIENTO A LOS HEREDEROS DE D. PEDRO CAMPOS

El 23 de marzo de 1792, el párroco D. Diego Arias y Nogales y el administrador D. Alonso Atanasio Pacheco, una vez recibida la carta orden del Juez Protector de las Iglesias, hicieron saber a los herederos de D. Pedro Campos de Orellana, casado con la dombenitense Dª Francisca Cortés de la Rocha con la que tuvo tres hijas: Francisca, Mª de las Nieves y Elvira, que deberían reparar y ornamentar la capilla de la Epístola, dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, con el dorado y jaspeado de su retablo. Para ello, libraron exhortos a las justicias y jueces de Su Majestad de las ciudades de Mérida, Jerez de los Caballeros y Sevilla, insertando la carta orden del Juez Protector. El primero, para el regidor y diputado emeritense D. Alonso Mª de la Vera Pantoja como marido de Dª Francisca Campos Orellana Cortés de la Rocha; el segundo, a Dª María de las Nieves Campos Orellana Cortés de la Rocha, viuda del capitán jerezano D. Juan de Sotomayor Solís y Alba, y el tercero al sevillano D. Manuel Mª de Tous y de Monsalve y Cavalieri, 4º Marqués de Tous y 4º Marqués de la Cueva del Rey como padre y legítimo administrador de sus hijos y de su difunta mujer Dª Elvira Campos Orellana Cortés de la Rocha.

Muy poco o nada se hizo de lo solicitado por el Juez Protector de las Iglesias, llegando el retablo hasta la actualidad en unas lamentables condiciones. Afortunadamente, a día de hoy, se halla en proceso de restauración en unos talleres de Badajoz.

Fabián Lavado Rodríguez

Cronista Oficial de La Zarza

Pie de fotos:

- Fig. 2: Iglesia de San Martín en La Zarza.

- Fig. 3: Interior de la iglesia de San Martín.

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

hoy Historia de un 'cambiazo': el retablo de la capilla de la epístola de la iglesia de San Martín