Mª Fernanda Sánchez, con su obra recién publicada :: CEDIDA

Entrevista a Mª Fernanda Sánchez Sánchez, profesora de Artes Plásticas en París y escritora

«Me mueven a escribir la belleza y el amor»

Pedro Espinosa
PEDRO ESPINOSA

La Editora Regional de Extremadura acaba de publicar 'El silencio de lo invisible', primera obra de esta joven zarceña de 27 años (aunque sus raíces proceden de Ribera del Fresno), afincada en París por motivos profesionales. Graduada en Bellas Artes por la Universidad de Sevilla, desde 2016 es, por oposición, profesora titular de Artes Plásticas en el Ministerio de Educación francés.

¿Cómo y cuándo nace su afición por la escritura?

Siempre ha estado ahí. Cuando apenas sabía escribir, tenía un cuaderno de tela roja en el que guardaba historias inacabadas sobre hadas y elfos, y a los 10 años empecé mi cuaderno de poemas. Muchas veces, siendo adolescente, empecé a escribir novelas que nunca terminaba, hasta que un día me di cuenta de que no tenía que ser una novela, de que no era eso lo que me interesaba. Mi afición por la escritura, tal y como hoy la concibo, nació una mañana fría de noviembre de 2012, en el preciso instante en el que escribí el texto de «El invierno holandés».

¿Cuáles son sus géneros literarios preferidos y por qué?

Es complicado. Podría decir que es la novela, pero no cualquier tipo de novela. Ahora mismo, y desde hace varios años, disfruto especialmente la novela reflexiva, y en gran medida autobiográfica, en la que priman el monólogo interior, las descripciones sensibles y exhaustivas y el fluir del pensamiento, en la línea de Virginia Woolf o James Joyce. También me interesan especialmente el ensayo, el relato y el diario, pero no sólo se trata del género, sino del estilo. Tengo debilidad por lo contemplativo, por la complejidad del pensamiento, por la lentitud, sea en forma de novela, de diario, de relato o de textos breves.

Cómo apasionada por la lectura, ¿por qué autores se decanta?

Virginia Woolf, James Joyce, Mary Shelley y Sylvia Plath son mis cuatro autores predilectos ahora, por la manera en la que logran aunar profundidad y sensibilidad. También encuentro maravillas cuando leo los diarios, escritos reflexivos, cartas o biografías de algunos pintores de las vanguardias, especialmente Gauguin, Van Gogh y Munch, por esa manera tan plástica y a la vez tan tormentosa que tienen de percibir el mundo.

Desde hace unos años vive y trabaja como profesora en París. ¿Qué nos puede contar de su experiencia en la capital francesa?

Me enamoré de París durante mi estancia Erasmus, cuando comencé a percibir los cielos blancos, los árboles desnudos y la luz dorada sobre la piedra como fuentes de inspiración. Me dejé cautivar por el romanticismo de la ciudad, por el silencio de sus calles, por la elegancia de sus edificios, por la magia de la plaza de Saint Sulspice (que es uno de mis lugares preferidos del mundo)… y supe rápidamente que mi experiencia parisina no podía terminarse todavía. Volví a París a estudiar mi máster y me dejé llevar por las circunstancias hasta acabar siendo profesora. Doy clases de Artes Plásticas en secundaria desde hace tres años, intentando, cada día, cultivar la mirada sensible de mis alumnos. Lo más duro es estar lejos de las personas que más quiero y ser consciente de la cantidad de tiempo que pierdo en transporte todos los días. Por esos dos motivos, mi experiencia en París tiene fecha de caducidad. Pero siempre voy a sentir esta ciudad como una parte de mí.

'El silencio de lo invisible' es una recopilación de textos breves. ¿Qué se van a encontrar los lectores en sus composiciones?

Un conjunto de impresiones y sensaciones que nacen de la contemplación y que devienen palabra. La levedad de dejarse envolver por un soplo de aire, el embeleso al contemplar la incidencia de un rayo de luz sobre la piedra, la lentitud de apreciar la belleza que se esconde en el movimiento de una gota de lluvia. La intimidad de posar la mirada sobre el esplendor silencioso de lo que no vemos.

Mª Fernanda Sánchez y Luis Sáez, durante el acto de presentación del libro, / MANUELA SÁNCHEZ

s. En aquel momento yo ya estaba interesada por la lentitud de la contemplación, por el esplendor silencioso de lo cotidiano, y mi tesina hablaba de la percepción de la belleza a través de mi experiencia personal y de la de autores como François Cheng, Heidegger, Julia Kristeva, Didi-Huberman o Kant. Un día pensé que «Le silence de l'invisible» (la tesina era en francés), describía bien todo lo que estaba contenido en esas páginas. Y desde entonces este título me acompañó casi como un modo de vida, porque resumía mi forma de percibir y de describir el mundo. Cuando comencé a recopilar los textos para este libro, me di cuenta de que no podría llamarse de otra manera.

¿Cómo se adentra una licenciada en Bellas Artes en el mundo de la literatura?

La literatura estaba ahí desde mucho antes que las Bellas Artes, pero creo que ambos mundos están inevitablemente ligados, que se enriquecen mutuamente y que no podría existir el uno sin el otro. A veces pienso que la literatura era mi tendencia natural, y que las Bellas Artes vinieron a perturbar lo que de algún modo, era evidente. Pero también creo que son precisamente las Bellas Artes las que hacen que mi relación con la literatura sea la que es hoy. Del mismo modo que la literatura influye en mi forma de ser profesora y de transmitir las artes plásticas a mis alumnos, las Bellas Artes me enseñaron a mirar y a desarrollar una cierta sensibilidad que, sin pretenderlo, busco en todo lo que leo y en todo lo que escribo.

¿Qué supone la publicación de su obra por parte de la Editora Regional Extremeña?

Supone un ejercicio de introspección muy importante y muy complicado. Publicar un libro no estaba entre mis objetivos, yo sólo escribo para mí, por necesidad. Cuando llegó esta oportunidad, tuve que reflexionar mucho hasta sentirme preparada para aceptar ser indulgente conmigo y apartar el miedo y la inseguridad.

¿Le inspiró alguna persona o alguna situación en particular para comenzar a escribir?

Creo que hay un poquito de muchas personas y de muchas situaciones distintas; que influyeron, primero, el universo literario que siempre rodeaba a mi madre cuando era niña y los cuentos que inventaba mi padre para ayudarme a dormir, pero que ha habido muchas experiencias y muchas personas indispensables que han ido conformando poco a poco lo que soy y reflejándose en lo que escribo. Soy especialmente consciente del peso que ha tenido mi vida en París o haber conocido a Jorge.

¿Qué le mueve a escribir?

La belleza y el amor.

¿Qué libro de la infancia recuerda por algún motivo especial?

Recuerdo con mucho cariño el libro de cuentos de Beatrix Potter, por la ternura y la calidez de sus palabras y de sus ilustraciones. Una vez nos pidieron en la escuela que lleváramos nuestro regalo más preciado y yo llevé ese libro. Mi preferido era el cuento de «El sastre de Gloucester», aún me reconforta pensar en él porque me recuerda a las tardes de invierno con mi madre y mi hermana. También fueron muy especiales las intrépidas aventuras de gatos y ratones que inventaba mi padre. Me encantaban, porque eran muy divertidas y no se acababan nunca.

¿Algún libro que le haya marcado?

«Al faro», de Virginia Woolf, supuso un antes y un después en mi manera de concebir la literatura.

¿Qué libro famoso le hubiera gustado escribir?

«Las Olas», de Virginia Woolf.

¿Se ha planteado en algún momento su futuro como escritora?

No, ni creo que lo haga. No soy capaz de asociar la literatura a una profesión porque sería algo así como corromperla. Prefiero pensar que voy a seguir escribiendo como hasta ahora, porque me nace, pero sin ninguna meta.

¿Tiene algún proyecto literario a corto plazo?

No, sólo seguir respondiendo a la belleza que me rodea y a los momentos de contemplación.

Por último, ¿se atrevería a recomendar algunas lecturas?

«Las olas», de Virginia Woolf, y «La campana de cristal», de Sylvia Plath, son novelas muy intensas y que encuentro absolutamente reveladoras. «Seda», de Alessandro Baricco, es uno de los libros más delicados y bellos que he leído.