La vida cotidiana en La Zarza a mediados del siglo XVIII, según el Catastro de Ensenada

Mapa de Thomas Correia (1710)
HISTORIA LOZAL

El Catastro de Ensenada

Bajo el reinado de Fernando VI (1746-1759) se realizó en todas las tierras que formaban parte de la Corona de Castilla (excepto las provincias vascas) una gran averiguación de todas las personas que la habitaban, de las tierras y casas que poseían, de sus rentas y oficios, de sus ganados e incluso de los préstamos que habían contraído. Este catastro fue ordenado por el rey a propuesta de su ministro Ensenada, de ahí que reciba el nombre de Catastro de Ensenada.

Cuando Ensenada se hace cargo de la Real Hacienda, la encuentra en un estado ruinoso. Se marca como objetivo administrar directamente las recaudaciones, pues hasta entonces el cobro de las rentas se arrendaba a los asentistas.

Las rentas que percibía la Real Hacienda eran de tres tipos: las generales o de aduanas, las estancadas (sobre todo de tabaco y sal) y las provinciales (mezcla compleja formada por alcabalas, millones, cientos, derecho de fiel medidor, tercias reales, etc). Sobre estas rentas provinciales se realizó el catastro, pues eran gravosas e injustas, ya que recaían en el pueblo llano. El proyecto de Ensenada, plasmado en el Real Decreto de 10 de octubre de 1749, era acabar con ellas y sustituirlas por una única contribución proporcional a la riqueza de cada persona.

La recopilación de datos, las llamadas averiguaciones de los pueblos, la encomendó el rey a unos equipos llamados audiencias, presididos por un intendente, un escribano, oficiales y escribientes, podían completarse con peritos que supieran de tierras y cosechas. El primer acto en cualquier pueblo era promulgar un bando en el que se transmitía a los vecinos la orden de que todos quedaban obligados a presentar una declaración bajo juramento de personas, familias y bienes. Mientras los vecinos preparaban sus memoriales, el alcalde y sus regidores debían reunirse con el intendente para contestar al interrogatorio de 40 preguntas sobre todos los aspectos de la villa o ciudad. El documento resultante fue uno de los más importantes del Catastro: las Respuestas Generales. Completada la documentación, se procedía a la lectura en concejo abierto: se convocaba a los vecinos para que asistieran a la lectura pública de la averiguación por si alguien se sentía agraviado o consideraban que algún dato propio o ajeno era falso o incorrecto. Si los asistentes daban su conformidad se procedía a firmarlo o se subsanaban los errores.

La Zarza a mediados del siglo XVIII

El 24 de enero de 1752 se reúnen en la Posada del Conde la Roca la audiencia para contestar a las 40 preguntas correspondientes a la villa de La Zarza, pues con este nombre era conocido el pueblo en dicho año, cuyo territorio formaba parte de la Provincia de León, de la Orden de Santiago, que pertenecía al rey por ser su administrador perpetuo, a quien correspondían las rentas provinciales que se pagaban: de alcabalas y cientos 14.000 reales, millones y otros impuestos 9.800, fiel medidor 200 y por servicio ordinario 1.740; en total 25.740 r. El término municipal tenía de este a oeste una legua y media, y de norte a sur una lengua (5.572,7 metros) que componían 5.629 fanegas; lindaba al E. con La Oliva, al N. con Villagonzalo, al O. con Mérida y al S. con Alange, conservando en su término un trozo de terreno (Los Pajares). Contaba con 393 vecinos (vecino como unidad familiar que estaría formada por cuatro o cinco personas) lo que da una población entre 1.600 y 2.000 habitantes; entre ellos había 11 sacerdotes, un diácono y tres ordenandos de órdenes menores, 89 jornaleros que cobraban a razón de 4 r. por jornal, un pobre de solemnidad, así como 18 viudas también en situación de pobreza. Arquitectónicamente tenía 326 casas habitadas, 8 vacías y 3 solares, sin ningún hospital ni convento. Disfrutaba de 6 molinos harineros: dos en el río Guadiana, uno llamado de Holgado, que pertenecía a la Encomienda de Alange, con cuatro piedras que producían una renta de 200 fanegas de trigo y otro, el Molino Nuevo, propiedad de D. Pedro Campos, Blas Mateos y María Espinosa, con tres piedras y una renta de 130 fanegas. Otros cuatro en el río Matachel: dos propiedad de D. Pedro Campos y de D. Cristóbal Cortés Ballestero, con dos piedras cada uno y una renta de 50 fanegas; otro de D. Pedro Martín, vecino de La Oliva, con 40 fanegas de renta y por último el de Capellanía, propiedad de D. Joseph de Hordaz con 36 fanegas. No contaba con minas, salinas, molinos de papel ni batanes, tampoco con embarcaciones para navegar o pescar.

Los negocios estaban formados por una taberna de vino, dos mesones: uno de Marcos Benítez y otro de Joseph García que tienen un beneficio económico de 600 y 700 r. anuales respectivamente, y tres tiendas propiedad de Agustín Díaz, Juan Tomás y Antonio Bouzas con 1.330, 880 y 1.100 r. de renta al año.

En cuanto a las tierras, de las 5.629 fanegas que comprende el término de La Zarza, la mitad eran de pastos y la otra parte de labor, todas de secano y de cuatro calidades: de 1ª (300 fanegas), 2ª (700 fanegas), 3ª (1.800 fanegas) que se dejaban un año en barbecho, y 4ª que no produce nada. El regadío se encontraba presente en dos huertas, las de Juan Durán y Juan Sánchez Cortés. De los pastos se tenían arrendados los de propios de la villa para pagos de censos, una porción a D. Pedro Campos Orellana, caballero de la Orden de Santiago y vecino de La Zarza, por una valor de 420.600 r. anuales.

Existían algunas plantaciones de olivos, acebuches y frutales dispuestos sin orden alguno, repartidos por las tierras y huertas. Los frutales y hortalizas producían una renta anual de 900 r., los olivos 4 r. cada uno. También se sembraba trigo, cebada, habas, garbanzos, y algo de avena y centeno. Se recogía poca aceituna, que se destinaba al consumo propio. Una fanega de cereal producía en la tierra de primera calidad ocho fanegas, cinco en la de segunda y tres en la de tercera; pero como no se solía respetar el barbecho, por la codicia de sembrar habas y garbanzos, la producción era menor. El precio de cada fanega de trigo era de 15 r., 8 la de cebada, 10 la de centeno, 4 la de avena, 12 la de habas y 25 la de garbanzos.

En cuanto a la ganadería, la cabaña comprendía ganado vacuno, caballar, lanar, cabrío y de cerda. También algunas colmenas cuyo provecho por la cera y la miel era de 6 r. por cada unidad y año.

Los oficios estaban representados por 5 barberos (Juan de Reyes, Pedro Reyes, Sebastián de Vargas, Serván López y Francisco Rivera) cada uno con un beneficio de 720 r. anuales, un médico (Gregorio Gómez) con 3.000 r., un boticario (Francisco Calaorrano) con 2.200 r., un escribano (Lucas Mateos Milanés) con 1.600 r. y varios arrieros con 360 r. por cada caballería. Albañiles con un jornal diario de 6 r., cardadores 4 r., veterinario-herrador (Juan Rodríguez de Vargas) 6 r., herrero (Alonso Seguro) 8 r., zapatero (Juan Félix) 4 r., sastres 4 r., tejedores de paños, bayetas y fibras (Francisco de Fuentes y Juan Espinosa) 6 r., tejedor de lienzos (Francisco Patricio) 6 r., carpintero (Francisco Gómez), oficial de carpintero (Francisco Gómez hijo) y aprendiz de carpintero (Martín Alonso) 6 r., 3 r. y 2 r. respectivamente. Sebastián Benítez, administrador de tabaco, naipes y municiones, tenía un beneficio de 2.200 r.; Luis Palma, abastecedor y vendedor de vino y vinagre, 2.200 r.; Jerónimo Moreno, abastecedor de aceite, pescado y sardinas, 1.000 r.; Gonzalo Mateos, abastecedor de la carne, 300 r.; Juan Gutiérrez, abastecedor del aguardiente, 1.100 r.; Juan Carrasco, abastecedor de jabón, 1.500 r.; Fernando Alonso Tarifa, profesor de Gramática, 300 r. y Sebastián Paliza, maestro de primeras letras, 900 r. No se mencionan cambistas, mercaderes al por mayor ni prestamistas. El Ayuntamiento no pagaba salarios a los alcaldes ni a los regidores, pero sí tenía otros gastos como 800 r. al escribano, 500 al alguacil mayor, 250 al ministro, 25 al cura en las fiestas de Ntra. Sra. de las Nieves, 160 al relojero, 50 al pregonero, 132 en la función de la Candelaria, 250 en veredas, 430 en correspondencia, 200 en mojoneras, 1.100 cada cinco años en quintas y sorteos, también en vados, casas del ayuntamiento, pósito, cárcel, corral del concejo y otros gastos menores. En cuanto a propios que tenía la villa de La Zarza para satisfacer los gastos públicos contaba con las Dehesas de Cañadas y Toconosa que se vendía a un ganadero trashumante por 3.000 r. cada una, las Dehesas de Azauchosa y Alajón que se arrendaba por 600 r., y otras tierras de labor que en cinco años producían 4.600 r. Sobre estos propios tenía un censo o cargas de 40.000 r. No disfrutaba de ningún tipo de arbitrios ni sisas, ni había enajenado oficio alguno. Las tierras del término pagaban el diezmo a la Iglesia (10 %) y la primicia (primeros frutos de la tierra o de los animales) que cobraba la Encomienda de Alange. Los colonos que arrendaban tierras de labor pagaban por cada fanega sembrada de primera calidad una fanega de grano de renta, por la de segunda tres cuartillas y por las de tercera media fanega. Por último, el rey poseía otras rentas como la de sal que importaban 6.877 r, el cuarto del jabón 510 r., el derecho del aguardiente 490 r. y auxilio a soldados 600 r.