Don Jesús, en La Zarza con sus alumnos en el curso 48/49
Don Jesús, en La Zarza con sus alumnos en el curso 48/49 / CEDIDA

Semblanza de Jesús Delgado Valhondo, insigne escritor extremeño y maestro en La Zarza

  • HISTORIA LOCAL

  • Uno de los más importantes autores de literatura extremeña del siglo XX, residió y ejerció la docencia en nuestra localidad entre los años 1946 y 1960

“Me llamo Jesús Delgado Valhondo porque me parece que no podía llamarme de otra manera. Nací en la ciudad de Mérida, de lo que me encuentro muy orgulloso. He vivido en Cáceres; ahora, en Badajoz. Soy extremeño de pura cepa como mis padres, como mis hijos…

He rodado por pueblos. He tropezado muchas veces y me he caído. Me he levantado siempre. Unas, con dolor; otras, con pena; otras, con amargura. Después de una caída de estas, nunca me he reído.

Y me he reído, algunas veces, de mí mismo. He llegado, incluso, a no tomarme en serio. Esto hace que tenga un fino humor, aunque padezco un genio de postín. No tengo enemigos, por lo menos declarados, y si los tengo deben ser imbéciles. Sin embargo tengo buenos y muchos amigos. Creo en el pueblo, en el hombre –no en los hombres- y en Dios. Y en algunas cosas más. Me conozco a mí mismo y esto me trae disgustos y satisfacciones. Más disgustos que satisfacciones. Duermo mal y sueño bien. Fumo mucho. Me encanta un vaso de vino bueno, hablar con un amigo, leer un libro interesante, jugar con mis hijos, oír a Beethoven… Y el cante jondo, claro”.

Con estas palabras de presentación se autodescribe el escritor en la introducción a su libro de poemas “La vara del avellano”.

Delgado Valhondo nace en Mérida el 19 de febrero de 1909. Hijo de José María Delgado, natural de La Zarza y notario en la ciudad romana Mérida durante 30 años, y Sofía Valhondo, originaria de Montánchez. Es el menor de diez hermanos.

A la temprana edad de seis años queda marcado, a consecuencia de un tumor blanco en la cadera, por una cojera que le acompañaría durante el resto de su vida. Cuando contaba nueve años, tras el fallecimiento de su padre, se traslada con su familia a vivir a Cáceres.

Primer destino en Sierra de Gata

Después de estudiar los primeros cursos de Farmacia en Madrid y la carrera de Magisterio en Cáceres, en 1934 aprueba la oposición de Maestro de Primera Enseñanza, iniciando su periplo docente en Trevejo, pequeña población de la Sierra de Gata. Lejos de su familia y amigos, se dedica a la lectura y se encuentra frente a frente con la soledad, el aislamiento, el hombre, el campo, Dios, la muerte, el tiempo… Comienza su andadura poética y escribe sus primeros libros.

El 4 de abril de 1936, Delgado Valhondo se casa en Badajoz con María Rodríguez Domínguez. Poco después, el 18 de julio, estalla la Guerra Civil, pero no es movilizado a causa de la lesión de cadera, secuela de su enfermedad infantil. Ejerciendo su profesión, conoce la cara más amarga de la posguerra: niños que apenas tenían para comer o vestir, que debían ayudar en las tareas del campo, huérfanos de padres represaliados, niños a los que de una manera u otra les habían robado su infancia. Ante esta situación el maestro no se esconde, sino que se mezcla con el pueblo, escucha a los niños y pide a los padres que lleven a sus hijos a la escuela, cuenta Nuria García en un estudio sobre el autor.

Finalizada la contienda, es sometido a un proceso de depuración por sus antecedentes republicanos, al igual que todo el personal docente que se encontraba bajo la llamada zona nacional. La Comisión Superior Dictaminadora de Expedientes de Depuración del Ministerio de Educación Nacional-refiere el investigador Rodríguez Arroyo- le condena en 1939 al traslado forzoso dentro de la provincia, con prohibición de solicitar cargos vacantes durante un periodo de dos años e inhabilitación para el ejercicio de cargos de directivos y de confianza en las Instituciones Culturales y de Enseñanza. Como castigo lo trasladaron a la villa de Gata, hecho que alegró al poeta, pues dejaba, así, el aislamiento de Trevejo.

Con 27 años de edad, casado y padre de un hijo, es suspendido de empleo y sueldo por un periodo de veinte meses, debido a que se le acusa de hacer ostentación de ideas de izquierda y haber estado afiliado a Izquierda Republicana en Cáceres. El escritor trata de negar estas acusaciones presentando informes favorables, tanto de los representantes locales de Villamiel y Trevejo como de algunos representantes de ciertas instituciones de Cáceres.

Pero los cargos más graves parten de la Policía Gubernamental de Cáceres que le acusa de izquierdista y de que en las elecciones de febrero de 1936 se había desplazado hasta Cáceres para emitir su voto a favor de la candidatura del Frente Popular, en cuyas listas electorales estaba inscrito. Además, se le atribuye ser amigo del cura comunista de Trevejo, según la documentación que se tenía de este sacerdote.

De nada le sirve presentar todos los informes favorables que se emitieron a su favor ni clamar una sentencia más benigna. Sin duda los sublevados tienen conocimiento de su anterior actividad política en Cáceres, donde había participado en 1933 en la constitución de una sociedad afecta a la Unión General de Trabajadores de la Enseñanza, de la cual fue tesorero.

Como sospecha el escritor en todo momento, es víctima de la denuncia de un vecino de Villamiel, a raíz de la cual se inició todo el proceso incoado contra él.

De esta manera se ve obligado a dejar a aquella gente humilde con una honda pena: “Cuando salí de Trevejo sancionado, tuve que ir andando a la carretera. Venía todo el pueblo detrás de mí. Me fui de Trevejo llorando como un tonto. Entonces la gente quería a los maestros”, escribe.

Durante esta época comienza su actividad epistolar con Gabriel Celaya, Vicente Aleixandre y otros poetas de la posguerra. Mantiene relación con los foros culturales más importantes del país y los autores más significativos de la época.

Aparece su primer libro “Hojas húmedas y verdes”, recopilación de poemas publicados en la revista “Intimidad poética.”

En 1945, funda con Fernando Bravo, José Canal y Tomás Martín Gil, las revistas Alcántara y Gévora para difundir las inquietudes culturales de la región. Así mismo, es co-fundador de la Asociación de Escritores Extremeños, de la que ocupa la presidencia honoraria.

14 años de maestro en La Zarza

En 1946, por concurso de traslados, llega a La Zarza (entonces Zarza de Alange), de donde procede su familia paterna y localidad en la que ejerce, además, de practicante. Tiene 37 años.

“La escuela de don Jesús –relata Casimiro Gil Bravo, antiguo alumno- se encontraba en el número uno de la calle Sarteneja. Se trataba de una habitación rectangular, bastante alargada, que por aquellos entonces arrendaba el Ayuntamiento y formaba parte de la casa de la señora Magdalena”.

Al trasladarse a La Zarza, Delgado Valhondo vive en la “casa grande” de El Barrial, habitada por su tía Joaquina, casada con Perfecto Moreno. Posteriormente se cambia a “la casa del cura”, propiedad de la parroquia, situada en la calle La Iglesia, número uno, donde nace Gloria, la única hija de su primer matrimonio. Ya vivían los dos varones, José María y Fernando.

“Era una escuela exclusivamente de niños de diferentes edades, en la que se mezclaban los de cuatro años con los de catorce y que llegó a tener hasta una treintena de alumnos, rememora Casimiro. Los pupitres, de madera, eran dobles, con un tintero en el medio en el que se mojaba la pluma. Teníamos clases diarias de lunes a sábado, en doble sesión de mañana y tarde, excepto los jueves por la tarde. Don Jesús era muy buen maestro y una bella persona –recuerda con cariño su antiguo pupilo-, aunque, a veces, tenía muy mal genio”.

A pesar de su prematura cojera, no utilizaba bastón, pero sí bota de alza. Cuando ordenaba silencio, acostumbraba a decir: “¡Quiero oír las moscas volar”. En clase, leía textos literarios mientras paseaba por el pasillo y, en ocasiones, se ponía a escribir. Era entonces cuando “se ausentaba” y no regresaba hasta que terminaba el texto.

Era alto y de complexión delgada, con pelo oscuro, algunas canas y entradas incipientes. Frecuentaba los bares de la plaza, el bar de José Espinosa, más conocido por Bigotes, el bar Gordillo, el bar de Julián Trinidad o la taberna El Palomo.

Según aporta su biógrafo y estudioso, Antonio Salguero Carvajal, en La Zarza ejerce la profesión de practicante para compensar el sueldo mísero de los maestros de entonces. Esta segunda actividad lo mantiene muy cerca del dolor de la gente y moldea positivamente su lírica al comprobar día a día la fragilidad del ser humano que ahora siente en su cercana relación con enfermos y moribundos. Pero este contacto incesante con el sufrimiento le afecta sobremanera y deja de ejercer el oficio.

José Monge Romero, otro de sus alumnos en La Zarza, también guarda muy buenos recuerdos de su maestro, don Jesús. “Era una persona afable y sencilla, muy cariñosa con los niños, y muy humano. Se preocupaba mucho por ellos y por sus familias, se notaba que le gustaba la enseñanza. Recuerdo que tenía una caligrafía preciosa.

Debido a la incultura general de la época, la gente del pueblo desconocía su faceta de escritor. Este escaso ambiente cultural le asfixiaba. “Esto no es para mí”, comentaba a sus allegados.

“Nunca fuimos conscientes de la dimensión que tenía don Jesús hasta que en 2009, junto con mi amigo Manolo González, -relata Monge- asistí a un acto de homenaje en el teatro López de Ayala, de Badajoz, con motivo del centenario de su nacimiento. Allí nos dimos cuenta de la importancia que tenía nuestro maestro”.

Durante sus años de residencia en La Zarza, colabora asiduamente con la revista de la ferias de la Virgen de las Nieves. En la publicación de septiembre de 1961 escribe: “Ver comerse a un chico un trozo de turrón mientras mira el cohete que va llorando luces rojas, verdes, amarillas, es uno de los cuadros mejores de la feria”.

Aunque en esta época no le resulta fácil mantener su relación con Cáceres, no deja de visitarla. Al regreso de uno de sus viajes anota: “Acabo de regresar de Cáceres, donde las cigüeñas tienen su casa y el cielo más profundamente azul que desearse pudiera para volar”.

En 1950, el poema “Canto a Extremadura” resulta premiado con la Flor Natural en las Juntas Literarias de Badajoz. Dos años después publica en Santander “La esquina y el viento”, del que Juan Ramón Jiménez declara: “Ahora se escribe en España muy buena poesía. Aquí traigo un libro de Jesús Delgado Valhondo, nutrido de la mejor poesía”.

En estos los años, publica su primer libro de cuentos “Yo soy el otoño”, conjunto de narraciones cortas en las que el autor mezcla prosa y poesía moderna”. Estando en La Zarza, recibió en 1954 una carta de Juan Ramón Jiménez, premio Nobel de Literatura dos años después, en la que alababa su poesía, lo que supuso para él la confirmación del valor de su trabajo. En uno de sus artículos publicados en 1955 en el Diario Hoy, donde colabora como articulista dando a conocer la creación literaria de la región, se refiere a la próxima construcción del puente sobre el río Guadiana, en La Zarza. “Nosotros jugamos soñando a hacer ese puente. No el que se hace al enemigo que parte, sino al amigo que viene”.

Al año siguiente, publica el poemario Canto a Extremadura, con el que gana los Juegos Florales del Ayuntamiento de Badajoz, obteniendo así un merecido reconocimiento como poeta en Extremadura.

En 1958 recibe la medalla de la Orden de Alfonso X el Sabio, por su actividad como maestro y su proyección fuera del ámbito escolar.

En Mérida y Badajoz se reencuentra con el ambiente cultural

En 1960, con 51 años, abandona La Zarza y se traslada al colegio Trajano, de su Mérida natal. Cinco años después muere su esposa, María Rodríguez Domínguez y decide cambiarse a Badajoz, intentando huir de los recuerdos y buscando un ambiente cultural más dinámico. Se incorpora, en el curso 65/66 al colegio Nuestra Señora de Fátima, ubicado en el humilde barrio de la Uva. En 1967 contrae matrimonio en segundas nupcias y tres años después fallece su hermano Juan, al que estaba muy unido y cuya muerte deja en su alma la huella del dolor, reflejado en un poema que le dedica: “Ya no está Juan allí, donde quería / verle y hablarle de cualquier cosa. / Es un caído sol de mediodía / que en mi costado como cruz reposa”.

Otro de sus alumnos zarceños, Manuel González Muñoz, afincado en Badajoz, le recuerda también con mucho cariño. “Debido a mi trabajo de cartero lo veía a menudo por las proximidades del parque de San Francisco. En seguida me preguntaba por personas conocidas y me pedía que le contara cosas de La Zarza. A pesar de que apenas regresó, -relata Manolo- mostraba mucho interés por lo que acontecía en el pueblo. En ocasiones, le llevaba cartas personalmente ya que el colegio donde estaba destinado se encontraba justo al lado del edificio de Correos y aprovechábamos para charlar y recordar momentos y vivencias.”

A don Jesús le gustaba mucho el campo, la naturaleza y los bichos. Nos llevaba al monte, a Juan Bueno o a las eras más próximas. Durante un tiempo dio clases por la noche a las que acudían los adolescentes “oliendo a jara”. Le gustaba ver llover. “¿No os gusta ver llover?”- nos preguntaba.

En 1978 recibe el primer premio de poesía “Hispanidad” y al año siguiente s jubila en en la capital pacense, con setenta años de edad y 45 de servicio, poniendo fin a su labor docente en el colegio público General Navarro. A partir de entonces reparte su tiempo entre su piso de Badajoz lleno de libros y recuerdos y Santo Domingo de Olivenza, pequeña aldea donde el poeta gusta disfrutar de la naturaleza y el canto de los pájaros, como apunta Jesús Méndez, otro de sus estudiosos.

Con la llegada de la democracia, Delgado Valhondo forma parte de las listas electorales de UCD para las elecciones municipales de 1979, resultando elegido teniente de alcalde de la capital pacense. Tres años después es nombrado asesor de la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, pero pronto abandona la vida política, pues le importan “más los hombres que las ideas”.

En 1988 se le concede la Medalla de Extremadura por sus méritos humanos, profesionales y literarios y en julio de ese mismo año, es nombrado Hijo Predilecto de la ciudad de Mérida. Está en posesión de la Medalla de la Orden de Alfonso X “El Sabio” por su labor como maestro y es Hijo Adoptivo de Badajoz.

Fallece en Badajoz el 23 de julio de 1993 a los 84 años de edad y es enterrado en Mérida. Como muestra de su amor a Extremadura, el poeta deja el encargo de que se esculpa en su lápida el epitafio “Ya soy tierra extremeña”.

Desde su fallecimiento se han publicado varios libros recopilatorios tanto de su prosa como de su poesía, además de análisis de su obra por parte de otros autores. En 2005 se crea la Fundación Delgado Valhondo para la difusión y promoción de su obra. La Biblioteca Pública del Estado en Mérida lleva su nombre, el cual también aparece en el callejero de Cáceres, Badajoz y la capital autonómica.

Su obra poética es extensa a pesar de que, debido a las circunstancias sociales del momento, tardó en publicar. Su primer libro poético apareció cuando el autor ya había superado la treintena. Por falta de apoyo institucional, se vio obligado a publicar fuera de la región extremeña: Alicante, Santander, San Sebastián, Sevilla…, hecho que, casualmente, coincide con el deseo de Jesús de ser siempre un poeta universal, alejado del encasillamiento regionalista.

Delgado Valhondo es considerado por la crítica como un autor profundamente lírico, tanto en la materia como en la expresión, como un poeta intimista y humano que busca la sencillez en el fondo y en la forma, con unos poemas que recogen matices existenciales y religiosos tratados de un modo cotidiano.

Pedro Espinosa García (Redactor de Hoy La Zarza)

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