Vista panorámica de La Zarza
Vista panorámica de La Zarza / FABIÁN LAVADO

La Orden de Santiago visita la Zarza y Villagonzalo a finales del siglo XV

  • HISTORIA LOCAL

  • Acta de la visita de la Orden de Santiago en 1498 a los lugares de la Encomienda de Alange: La Zarza y Villagonzalo

Introducción

La Orden de Santiago fue creada en Cáceres (año de 1170) bajo el reinado de Fernando II de León, por lo que, al principio, a sus integrantes se les denominó los Fratres de Cáceres, cuya misión inicial consistía en defender los núcleos urbanos y conquistar territorios controlados por los musulmanes. Anteriormente, en el año 875, el castillo de Alange (Alhange en la documentación medieval, incluso hasta 1630 continúa denominándose así) cae bajo el dominio de Ibn Marwan, caudillo muladí enfrentado al emir de Córdoba, recuperándola más tarde el emir Muhammad. Conquistada de nuevo por las huestes de Ordoño II de León en 915, cristianos y musulmanes se alternan su posesión. La Orden se consolida en nuestra zona entre los años 1233 y 1243, una vez conquistada Cáceres, Mérida y Badajoz por Alfonso IX, cuando el Maestre de Alcántara Pedro Yáñez toma el castillo de Alange en 1234 y se traspasa la frontera del Guadiana hacia el sur. La fortaleza alangeña fue entregada a Pelay Pérez Correa, Maestre de la Orden de Santiago, en 1243 por el rey Fernando III como sede de la Encomienda de Alange (dependiente administrativamente del Partido de Mérida y en lo religioso perteneciente a la Provincia de León que dependía a su vez del Priorato de San Marcos de León) que gobernaba los lugares de Villagonzalo y La Zarza (llamada La Çarça en esta época), hasta que se eximieron de su jurisdicción en 1588 y 1589 respectivamente. La fortaleza o castillo será sede de la encomienda hasta 1517, cuando a la muerte del comendador Luis Gómez de la Cámara, fue trasladada al casco histórico, cuya casa se conserva en la actual calle Encomienda.

La subdivisión interna más importante de la Orden de Santiago eran las llamadas encomiendas, unidades de carácter local a cuyo frente se encontraba un comendador. La encomienda era la sede del comendador que vivía en un castillo/fortaleza o en una población y, a su vez, era el centro administrativo y económico en el que se cobraban y percibían las rentas de las tierras y propiedades atribuidas a esa encomienda. Cada una con sus rentas debía sostener no sólo al comendador y a los otros freires que en ella residían, sino también pagar y armar a un determinado número de lanzas, que debían acudir a los llamamientos de su maestre para tomar parte en aquellas acciones militares que quisiera realizar. Las rentas de las tierras, pastos, industrias, portazgos y derechos de paso, junto con los impuestos y el diezmo constituían los ingresos de que se mantenía la Orden, que se repartían entre rentas de la encomienda respectiva, en este caso la de Alange, y rentas de la Mesa Maestral, que financiaban al Maestre de la Orden. Los pueblos y encomiendas de la Orden estaban atendidos por curas presentados por el maestre. Normalmente, cada cuatro años, dos visitadores de la Orden acompañados de un vicario, debían realizar una visita de inspección por todas las encomiendas y territorios para comprobar el estado de las propiedades, rentas y gobierno de las posesiones. De estas visitas se levantaba un acta en los llamados Libros de Visitas.

La Zarza (La Çarça)

En primer lugar el visitador inspeccionó la iglesia bajo la advocación de San Martín, realizada en mampostería de piedra, de una sola nave sobre cuatro arcos de albañilería, solado de ladrillo, encalada en su interior y con algunas pinturas murales, sacristía y campanario con dos campanas medianas. El sagrario era pequeño y se asentaba sobre una piedra de mármol, aunque en esos momentos se encontraba en obras para hacerlo mayor y darle más realce; su interior contenía una arquilla o caja de madera pintada, que guardaba otra caja de madera dorada donde estaba el Santo Sacramento en corporales (paño blanco cuadrado, que se extiende durante la misa encima del altar para colocar sobre él el cáliz, el copón y la patena) de lienzo muy limpios, aunque sería menester que estuviera en una cajita de plata para dar más dignidad al “Cuerpo de Cristo”. En el altar mayor, dentro de un tabernáculo pintado, estaba la imagen realizada en madera de San Martín, detrás algunas historias religiosas pintadas en la pared y encima una cortina de lienzo blanco. Igualmente en el altar se situaba una cruz de madera con un crucifijo dorado y pintado, un ara con sus corporales e hijuela (pedazo de lienzo circular que cubre la hostia sobre la patena hasta el momento del ofertorio), una palia (tela que cubre el cáliz y la patena que contiene la sagrada forma en la misa) de lienzo con una cruz de seda, un candelero de latón, unas vinajeras de peltre (aleación de cinc, plomo y estaño), una esquila para cuando los feligreses van a comulgar, unos manteles, un frontal de guadamecí o cuero adobado y adornado con dibujos de pintura o relieve que adornaba las gradas del altar, tres paños de pie de lana, dos ciriales de palo pintados y dorados, una pila de bautizar y unas crismeras de peltre. En el arco de la capilla había un crucifijo y dos imágenes de madera pintadas y doradas, a sus espaldas una lámpara pequeña de latón y una rueda de campanillas.

La iglesia de San Martín tenía una cruz de plata labrada a cincel con diez esmaltes con su manzana y cañón, fechada en el mango de madera, y que según el cura pesaba trece marcos y medio –poco más de tres kilos-. Poseía los siguientes “vestimentos”: una casulla de terciopelo de color grana con su aparejo con una cenefa de oro bajo, dos dalmáticas de lienzo rojo para los ayudantes, dos vestiduras de lienzo con su aparejo, una de color blanco y la otra negra, precisando una capa para las fiestas. En cuanto a libros litúrgicos tenía dos misales de molde de papel romano uno y sevillano el otro, un oficio dominical, un santoral de pergamino de cantoría, un manual, un salterio de pergamino, cinco historias de lecturas y cantoría de pergamino, un bautisterio de pergamino bueno para administrar los sacramentos, teniendo la necesidad de un dominical y de un santoral, ya que el pueblo es grande y la iglesia no tiene recursos para ello.

El sacerdote de La Zarza era Gonzalo Sánchez Freile, del hábito de Santiago, nombrado por don García Ramírez, Prior de San Marcos de León, cuya provisión mostró firmada y sellada, así como refrendada por los visitadores en mayo de 1493. Preguntado por los beneficios anejos al cargo, contestó que tenía unas tierras que le rentaban siete fanegas de trigo al año por unas capellanías (fundación a la que ciertos bienes quedan sujetos, en este caso cereales, al cumplimiento de misas y otras cargas pías), un sexmo o sexta parte de un molino en el río Matachel que le rentaba seis fanegas de trigo al año, más 1.000 maravedíes que le daba el concejo y lo que recaudaba por el pie de altar o emolumentos por ejercer sus funciones.

Luego visitó la ermita de los Santos Mártires San Fabián y San Sebastián, que todavía no estaba terminada, aunque disponía de materiales para ello (en la Visita de 1494 se anota que “hermita en este lugar ni en su término no la ay, salvo los cimientos de una que el concejo comienza agora a haser”). La ermita es hoy día la de Nuestra Señora de las Nieves, en virtud de una cédula otorgada por Felipe IV en 20 de diciembre de 1626 con la que se pretendía detener el estado de abandono en que se hallaba el edificio, que sufrió una considerable reforma.

También visitó el hospital, que donó un vecino de Alange, formado de dos pequeñas casas unidas, una donde vivía el hospitalero con su mujer, y la otra, en la parte delantera tenía dos pobres camas y una habitación con otras dos camas. El techo era de madera tosca y el tejado cubierto con teja. No tenía ninguna renta para su mantenimiento, de lo que se encargaban los zarceños.

Y finalmente la Casa de la Encomienda, de la que se conservaban las paredes, algunas de ellas derruidas, sin techo ni tejado. En anteriores visitas, ordenaron al comendador Luis Gómez de la Cámara que la reedificase en dos años, obra que no realizó. Como castigo tuvo que dar un castellano, sobre 485 maravedíes, para la obra del sagrario que se llevaba a cabo en la iglesia de San Martín y 1000 maravedíes para reparar la campana de la iglesia de Villagonzalo y dorar una caja de plata de su sagrario. Al mismo tiempo se le obligó a reparar la casa y devolverla al estado que tenía durante el mandato de su padre Juan Gómez de la Cámara, así como que Fernando del Toro, arrendador de las rentas de la Encomienda de Alange, le retuviese 30.000 maravedíes hasta completar la obra.

La Zarza estaba poblada por 180 vecinos, contando pecheros o unidades familiares que pagaban impuestos, más hidalgos y viudas (entre 720 y 900 habitantes); todas sus rentas pertenecían a la Encomienda de Alange.

Villagonzalo

Visitaron la iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora, construida en mampostería de piedra, de una sola nave sobre cuatro arcos de albañilería, con el suelo de ladrillo, al igual que el solado del portal de la entrada y encalada en su interior, con algunas historias religiosas pintadas en la pared. Las dos naves de la iglesia se cubrían con techos de madera de pino cepillada una y de madera tosca la otra, el tejado cubierto con tejas. En el campanario dos campanas, una de ellas fracturada, por lo que el comendador D. Luis Gómez de la Cámara deberá aportar 1.000 maravedíes para realizar una nueva. En su interior, el sagrario estaba sobre un mármol muy bien puesto con cerradura y llave, dentro de él había una arquilla de madera, que se debería dorar con la cantidad aportada por el comendador para el arreglo de la campana, que contenía una cajita de plata en la que estaba el Santísimo Sacramento en corporales de lienzo de lino muy limpios; esta cajita plateada fue un regalo del concejo de Villagonzalo por mandato de los visitadores anteriores. En el altar se encontraba la imagen de Nuestra Señora de madera, vestida con una camisa blanca con “sorillas”, a su espalda algunas historias dibujadas cubrían la pared y encima una cortina de lienzo blanco. También en el altar se encontraba una cruz de latón pequeña, un “te igitur” o misal de pergamino, un ara con corporales e hijuela, dos palias de lienzo con cabos de seda, unos manteles, un frontal de guadamecí, unas vinajeras de peltre, una estola pequeña para llevar el Corpus a los enfermos, un crucifijo de latón y dos ciriales de palo dorados y pintados. En el arco de la capilla había una viga con un crucifijo y dos imágenes de madera, una lámpara delante de la pila de bautizar y unas crismeras de peltre. En general, estaba bien aderezada y limpia; no contaba con ningún propio o heredad, casa, dehesa u otro tipo de hacienda para satisfacer sus gastos.

En cuanto a objetos de platería, la iglesia poseía una cruz de plata labrada con su manzana y cañón que pesaba sobre cuatro marcos –casi un kilo- con su manga de lienzo para cubrir la vara y un cáliz labrado a cincel con su patena que pesaba marco y medio – 245 gramos-. Contaba con la siguiente indumentaria eclesiástica: una casulla de terciopelo granate, con una cenefa de oro bajo, con estola y manípulo; otra casulla de zarzahán o tela de seda delgada como el tafetán y con listas de colores, también con estola y manípulo; una vestimenta de lienzo blanco con su aparejo y una capa vieja de paño negro, teniendo la necesidad de una capa para las fiestas. Por último, la iglesia conservaba varios libros litúrgicos: un libro de lectura y cantoría, dos dominicales y un salterio, todos viejos, realizados en pergamino; dos manuales para misas votivas, un sacramental de papel de molde, teniendo necesidad de un misal y un santoral.

El cura del lugar se llamaba Pedro Ximénez, religioso del hábito de San Pedro, elegido con el permiso de don García Ramírez, nombramiento que firmó y selló en enero de 1494. Los visitadores le preguntaron qué beneficios le reportaba el cargo, a lo que el sacerdote respondió que 1.000 maravedíes le daba el comendador, 2.000 el pueblo y lo que recaudaba por el pie de altar, seis fanegas de trigo le rentaba una parte de un molino en el río Matachel por capellanía al estar enterrado en la iglesia su padre, madre y herederos; otra capellanía, así como unas tierras que le producían 14 fanegas de cebada y centeno. Todo ello para su mantenimiento y el de un mozo o ayudante.

Villagonzalo tenía 70 vecinos, contando pecheros o unidades familiares que pagaban impuestos, más hidalgos y viudas (entre 280 y 350 personas); todas sus rentas pertenecían a la Encomienda de Alange.

Fabián Lavado Rodríguez

Licenciado en Historia – Bibliotecario del Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida

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